miércoles, 27 de abril de 2011

La libertad como falta

Es un auténtico milagro que nuestros hijos sobrevivan a la escuela.

Que los niños no se estrellen la cabeza contra los pizarrones es algo que debería conmovernos como prueba irrefutable del instinto humano de supervivencia.

Pero, ¿por qué mandamos a nuestros hijos a la escuela?, ¿si no fuera obligatorio, quién iría?

Los días, horarios y los contenidos son obligatorios, ¿por qué?

Los niños están agrupados según el único criterio de su edad, ¿por qué?

Es rara la escuela. La palabra significaba ocio, tiempo libre, recreo. ¿Cómo es que pasó a designar lo opuesto: el negocio, el tiempo pautado, las tareas impuestas?

Si alguien no asiste a clases porque se ha resfriado, porque ha ido al museo o porque se quedó leyendo Harry Potter, se dice que falta a la escuela. Alcanzado un cierto número de faltas, uno queda inexorablemente libre. De forma que la libertad es la consecuencia indeseada y penosa de una acumulación de faltas. ¿Cómo?

Las escuelas abren sus puertas sólo dos veces al día: la primera, para engullir al grupo inquieto de hombres y mujeres en miniatura y, la segunda, para vomitar una masa aletargada de chicos ojerosos, desesperados por correr, saltar, jugar (en el mejor de los casos) o resignados a abandonarse a ese entreacto, más o menos feliz, que es su casa.

Durante horas han permanecido sentados aunque tuvieran ganas de caminar o de recostarse, obligados a guardar silencio, a pedir permiso para ir al baño.

¿Por qué no se podrá comer o beber mientras se estudia? ¿Por qué no habrá sillones en las aulas?

¿Por qué habrá aulas? ¿Quién puede estudiar si tiene hambre o sed? ¿Quién no busca un sitio cómodo, aireado, con buena luz, un ambiente agradable, cálido en invierno y fresco en verano, para concentrarse? ¿Es posible aventurarse en la geometría fractal si uno se está meando?

Pero es cierto, la escuela no enseña geometría fractal. Enseña otras cosas.

¿Cuáles? Las cosas que hay que saber, bajo pena de quedarse libre.

¿Y por qué hay que saber esas cosas? Porque son necesarias.

¿Por qué son necesarias? Porque todo el mundo las sabe.

¿Por qué todo el mundo las sabe? Porque es obligatorio.

¿Qué es eso que todo el mundo sabe? La propiedad distributiva (sonrisas), qué son las isobaras y las isotermas (risas), el Mío Cid (carcajadas).

¿Hay algo más que enseñe la escuela? Por supuesto: a respetar órdenes arbitrarias, a pedir permiso hasta para moverse, a estudiar lo que no interesa, a disimular el disgusto, a portarse bien.

¿Qué es portarse bien? Contener los esfínteres, ser más o menos sumiso y llevar el uniforme. ¿Cómo es el uniforme? Eso depende: un guardapolvo fabril o un trajecito oficinesco.

¿Qué ropa llevaba puesta Einstein cuando tocaba el violín? ¿Y Freud cuando se carteaba con Einstein? ¿Albert Camus usaba guardapolvo o trajecito cuando escribía de pie en su atril?

En sus casas, los chicos suelen aprender vestidos de civil y con la panza llena.

Y aprenden muchísimo más que en la escuela: todo lo que les interesa y lo que necesitan para vivir.

En la vida la gente se cruza y se descruza por azar, necesidad o afinidades; en la escuela es separada por edades. Por lo general la gente es libre de moverse, en la escuela está encerrada durante horas.

En las casas y en las calles hay más saber que en las escuelas, más libros, más animales, más paisajes, más situaciones novedosas, más diferencia, más tolerancia.

Y está Internet. Que no es un instrumento, como un compás, ni una enciclopedia caótica. Es el mundo, como lo son los viajes, los gatos y los espaguetis.

¿Una clase de geografía sin Google Earth, una de inglés sin YouTube, una de historia sin Wikipedia?

Hoy podemos hablar con nuestros amigos en Honolulu, leer los periódicos de Egipto mientras sobrevolamos con un satélite la plaza Tharir, publicar lo que queramos y trabajar con horarios flexibles, en pantuflas o trajecito, según nos dé la gana.

Aunque es una perogrullada, hay que repetirla.

Como esta otra: la escuela no solo no sirve para nada sino que desalienta lo mejor: la autonomía, la creatividad, el placer del conocimiento y la auténtica responsabilidad.

La escuela es un bicho de dimensiones elefantiásicas, con un cerebro del siglo diecinueve.

Siglo XIX, XX, XXI. ¿Han aprendido la línea del tiempo en tercer grado?

La escuela es, además, un tabú.

¿Qué pasa si uno toma la decisión de no mandar sus hijos a la escuela? El acabose.

Parientes, amigos, colegas, forman un coro monocorde y horrorizado. Es notable como a poco de hablar con cada uno las resistencias ceden y tal ingeniero reconoce que la sola mención del Mío Cid le provoca escalofríos y que todas las matemáticas que aprendió las estudió cuando de verdad quiso y cuando necesitó hacerlo. Lamenta, sí, no haber aprendido nunca a tocar el clarinete.

Tal profesor de francés confiesa que todo lo que aprendió de chico se lo debe a Dumas y a Astérix y lamenta no haber aprendido suficiente inglés.

Pero, incluso reconociendo lo que es evidente, todos se guardan una carta en la manga, la objeción de las objeciones: la socialización.

Si uno sostiene que comprando el pan, yendo al club, haciendo teatro, viajando, hablando por teléfono, andando en bicicleta, chateando, paseando, visitando un museo, asistiendo a un recital, pasando un fin de semana en casa de un amigo, almorzando con los abuelos se socializa mucho más que aguantándose la sed y el aburrimiento en un grupo impuesto, respetando reglas que nunca volverán a repetirse en la vida, nuestros objetores comienzan a parpadear un poco menos y a revolear los ojos.

Simplemente nunca habían pensado que lo evidente fuera posible. Pero, suprimidas las objeciones, queda el miedo titubeante: bueno, sí, puede ser, pero nadie lo hace, la sociedad, la ley, los chicos serían raros, pueden ser discriminados, se les cerrarían puertas.

Los manidos argumentos que se esgrimen cada vez que se pretende negar un derecho echando mano a las costumbres. Argumentos que tienen la consistencia de una baba del diablo.

Estamos acostumbrados a ir a la escuela, a aprender poco y nada, a tolerar lo intolerable, a no disponer libremente de nuestros mejores años, a someternos a una autoridad a menudo mediocre. Estamos acostumbrados porque es obligatorio y es obligatorio porque estamos acostumbrados.

Y cuando nos toca ser padres volvemos a estar bajo la férula de esta máquina trituradora. Como si nuestros quince años de escolarización no hubiesen bastado, ya adultos nos toca volver a portarnos bien que, en nuestro caso, equivale a correr como poseídos comprando cartulinas y mapas, soportando el comprensible desgano de nuestros hijos, frotando guardapolvos, sonriendo benevolentes mientras una maestra nos explica, en pésimo español, cuáles son los objetivos del año y suspirando resignados cuando nos dan la lata con una moralina tan aguada que ni siquiera tiene el excitante de la indignación.

Hasta que un buen día, al salir de la escuela, nuestro hijo nos dice “hoy fue el peor día de mi vida”.

Es un buen día porque, de alguna manera, los astros se alinearon para que ocurriera lo que siempre debería ocurrir: que escucháramos a nuestros hijos.

Mi hijo se llama Matteo y no es un alumno del grado tal, de la escuela tal, de la jurisdicción tal. Es Matteo y ante él todas las teorías pedagógicas, las ingenierías sociales, las burocracias estatales caen como lo que son: objetos sometidos a la ley de gravedad, moral en este caso.

En estas dos semanas que Matteo lleva sin ir a la escuela han pasado muchas cosas: comenzamos a desintoxicarnos de esa jerigonza estrafalaria que llama socialización a soportar con estoicismo escupitajos, patadas y demás tropelías, nos hemos movido mucho más que de costumbre, hemos conocido a mucha gente nueva, Matteo empezó a hacer animación digital y teatro.

Muy pronto Lola, nuestra otra hija, tomó la decisión de sumarse al experimento. Hemos dado vuelta la casa, creando nuevos espacios, más atractivos, contratamos un profesor de inglés que no es profesor de inglés sino violinista y que no tiene experiencia enseñando a niños.

Lola se ha puesto a escribir cuentos fantásticos que publica regularmente en su blog y toda la casa está cargada de un magnetismo verdaderamente estimulante.

Pero lo mejor que ha pasado es que hemos recuperado un contacto humano con el mundo, buscando la compañía de desconocidos, amigos y parientes de los que extraemos como sanguijuelas experiencias, estímulos y conocimiento.

Estamos dando los primeros pasos de un camino por tierras inexploradas para nosotros y para nuestros hijos.

En las semanas que siguen compartiremos los descubrimientos, luminosos o aterradores, que hagamos en esta terra incognita que no es otra cosa que el mundo real, del que ya no queremos alienarnos.